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Banco de Otoño

Banco de Otoño

César Namnúm (de su libro Banco de Otoño)

Llegó cuando las hojas muertas cubrían ya sus sueños y la espera. Encontró sin hallar más resistencia que aquella la de guardar las apariencias, y se instaló como si no fuera a partir jamás.

La dejó hacer, convencido de que no hay feroces murallas ni elaboradas y cínicas metáforas que puedan aguantar el feliz roce de ciertas sonrisas y miradas, cierto tono de voz y anheladas ternuras.

Ella no sabía, es de suponer, que él había clausurado todas sus puertas siglos atrás, que sólo el triste soplo de pequeños amores, aventureros y fugaces, se entreabrían.

No sabía, no sabía, es seguro, porque es como para maravillarse de cómo, al simple influjo del canto de su voz se renovaban los colores; cómo, al toque de su presencia, se dislocaban los astros y ella era la noche y el día, el sol y la luna.

Pero él si sabía que el amor nos es dado sólo en pequeños sorbos y que no hay que desperdiciarlos. Así que se envolvió en la vorágine sin arrepentimientos, atesorando el día que se nos da.

Era tan lindo de nuevo vivir, tan de locos esos labios y su pelo, tan de sabios el no pudor y el desenfreno, tan cierto y bello, tan implacablemente efímero…

Una prevista tarde -esas miradas perdidas, esas melancolías prolongadas- le anunció que partía.

De nada vale la cordura en estos casos. No hay lágrimas que rediman, ni palabras analgésicas, ni noches cortas. No hay quien salve del dolor. Se ha ido.

Así de sencillo, de nuevo el amor se arropó de olvido. Y él fue, después de la tregua, sin violencia –algo se aprende con los años- a sentarse en su banco de otoño.

Un poco más muerto, quizás… un poco.

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